Que el Niño de Belén nos libere de la cárcel del pecado, de la soberbia y del orgullo

Navidad 2

Navidad 1

Navidad 4
Domingo, 18 dic (RV). Benedicto XVI visitó esta mañana a los detenidos en la cárcel romana de Rebibbia, a quienes les dijo textualmente:

Queridos hermanos y hermanas:

Con gran alegría y conmoción estoy esta mañana entre vosotros, para una visita que bien se coloca a pocos días de la celebración de la Navidad del Señor. Dirijo un caluroso saludo a todos, en particular al Ministro de la Justicia, Honorable Paola Severino, y a los Capellanes, a quienes agradezco las palabras de bienvenida, que me han dirigido también en vuestro nombre. Saludo al Dr. Carmelo Cantone, Director de la Cárcel, y a los colaboradores, a la policía penitenciaria y a los voluntarios que se prodigan a favor de las actividades de este Instituto. Y de modo especial, os saludo a todos vosotros, detenidos, manifestándoos mi cercanía.

“Estaba en la cárcel, y vinisteis a verme” (Mt 25, 36). Estas son las palabras del juicio final, relatado por el evangelista Mateo, y estas palabras del Señor en las cuales se identifica con los detenidos expresan en plenitud el sentido de mi visita de hoy entre vosotros. Dondequiera que haya un hambriento, un extranjero, un enfermo, un encarcelado, allí está Cristo mismo, que espera nuestra visita y nuestra ayuda. Es ésta la razón principal que me causa felicidad por estar aquí, para rezar, dialogar y escuchar. La Iglesia siempre ha contado, entre las obras de misericordia corporal, la visita a los encarcelados (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2447). Y ésta, para ser completa, requiere una plena capacidad de acogida del detenido, “haciéndole espacio en el propio tiempo, en la propia casa, en las propias amistades, en las propias leyes, en las propias ciudades” (Cf. CEI, Evangelización y testimonio de la caridad, 39). En efecto, quisiera ponerme en escucha de las vicisitudes personales de cada uno, pero lamentablemente no es posible; he venido para deciros sencillamente que Dios os ama con un amor infinito y que sois siempre hijos de Dios. Y el mismo unigénito Hijo de Dios, el Señor Jesús, experimentó la cárcel, fue sometido a un juicio ante un tribunal y sufrió la más feroz condena de la pena capital.

Con ocasión de mi reciente viaje apostólico a Benín, en noviembre pasado, her firmado una Exhortación apostólica postsinodal en la que he reafirmado la atención de la Iglesia por la justicia en los Estados. He escrito: “Por tanto, hay una necesidad urgente de establecer sistemas independientes judiciales y penitenciarios, con el fin de restaurar la justicia y rehabilitar a los culpables. Se han de desterrar también los casos de errores judiciales y los malos tratos a los reclusos, así como las numerosas ocasiones en que no se aplica la ley, lo que comporta una violación de los derechos humanos, y también los encarcelamientos que sólo muy tarde, o nunca, terminan en un proceso. ‘La Iglesia en África (...) reconoce su misión profética respecto a todos los afectados por la delincuencia, así como la necesidad que tienen de reconciliación, justicia y paz’. Los reclusos son seres humanos que merecen, no obstante su crimen, ser tratados con respeto y dignidad. Necesitan nuestra atención” (n. 83). Así dice este documento.

Queridos hermanos y hermanas, la justicia humana y la divina son muy diversas. Ciertamente, los hombres no son capaces de aplicar la justicia divina, pero al menos deben verla, tratar de captar el espíritu profundo que la anima, para que también ilumine la justicia humana, para evitar –como lamentablemente sucede frecuentemente– que el detenido se convierta en un excluido. En efecto, Dios es Aquel que proclama la justicia con fuerza, pero al mismo tiempo, cura las heridas con el bálsamo de la misericordia.

La palabra del evangelio de Mateo (20, 1-16) sobre los jornaleros llamados a trabajar en la viña nos hace comprender en qué consiste esta diferencia entre la justicia humana y la divina, porque hace explícita la delicada relación entre justicia y misericordia. La parábola describe a un agricultor que asume algunos obreros en su viña. Pero lo hace en diversas horas del día, de modo que alguno trabaja todo el día o algún otro sólo una hora. En el momento de la entrega de la paga, el patrón suscita estupor y enciende un debate entre los obreros. La cuestión se refiere a la generosidad –considerada por los presentes injusticia- del dueño de la viña, quien decide dar la misma paga tanto a los trabajadores de la mañana como a los últimos de la tarde. Desde el punto de vista humano, esta decisión es una auténtica injusticia, pero desde el punto de vista de Dios es un acto de bondad, porque la justicia divina da a cada uno lo suyo y, además, comprende la misericordia y el perdón.

Justicia y misericordia, justicia y caridad, puntos cardinales de la doctrina social de la Iglesia, son dos realidades diferentes sólo para nosotros, los hombres, que distinguimos atentamente un acto justo de un acto de amor. Justo para nosotros es “lo que al otro le es debido”, mientras misericordioso es lo que es donado por bondad. Y una cosa parece excluir a la otra. Pero para Dios no es así: en Él justicia y caridad coinciden; no hay una acción justa que no sea también acto de misericordia y de perdón y, al mismo tiempo, no hay ninguna acción misericordiosa que no sea perfectamente justa.

¡Qué lejana es la lógica de Dios de la nuestra! ¡Y qué diverso del nuestro es su modo de actuar! El Señor nos invita a comprender y observar el verdadero espíritu de la ley, para darle pleno cumplimiento en el amor hacia quien está necesitado. “La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud”, escribe san Pablo (Rm 13, 10): por tanto, nuestra justicia será tanto más perfecta cuanto más esté animada por el amor por Dios y por los hermanos.

Queridos amigos, el sistema de detención gira en torno a dos puntos firmes, ambos importantes: por un lado tutelar a la sociedad de eventuales amenazas y, por otro, reintegrar a quien se ha equivocado sin pisotear la dignidad y sin excluirlo de la vida social. Estos dos aspectos tienen su importancia y tienden a no crear ese “abismo” entre la realidad carcelaria real y la pensada por la ley, que prevé como elemento fundamental la función reeducadora de la pena y el respeto de los derechos y de la dignidad de las personas. ¡La vida humana pertenece sólo a Dios, que nos la ha dado, y no es abandonada a la merced de nadie, ni siquiera a nuestro libre albedrío! Nosotros estamos llamados a custodiar la perla preciosa de nuestra vida la de los demás.

Sé que la aglomeración y el deterioro de las cárceles pueden hacer aún más amarga la detención: he recibido varias cartas de detenidos que lo subrayan. Es importante que las instituciones promuevan un análisis atento de la situación carcelaria hoy, verifiquen las estructuras, los medios y el personal, de modo que los detenidos jamás descuenten una “doble pena”; y es importante promover uno desarrollo del sistema carcelario, que, si bien en el respeto de la justicia, sea cada vez más adecuado a las exigencias de la persona humana, con el recurso también a las penas de no detención o a modalidades diversas de detención.

Queridos amigos, hoy es el cuarto domingo del tiempo de Adviento. Que la Navidad del Señor, ya cercana, vuelva a encender con esperanza y amor vuestro corazón. El nacimiento del Señor Jesús, del que haremos memoria dentro de pocos días, nos recuerda su misión de llevar la salvación a todos los hombres, sin exclusión de nadie. Su salvación no se impone, pero nos llega a través de los actos de amor, de misericordia y de perdón que nosotros mismos sabemos realizar. El Niño de Belén será feliz cuando todos los hombres vuelvan a Dios con corazón renovado. Pidámosle en el silencio y en la oración que seamos todos liberados de la prisión del pecado, de la soberbia y del orgullo: en efecto, cada uno tiene necesidad de de salir de esta cárcel interior para estar verdaderamente libre del mal, de las angustias y de la muerte. ¡Sólo ese Niño colocado en el pesebre es capaz de dar a todos esta plena liberación!

Quisiera terminar diciéndoos que la Iglesia sostiene y anima todo esfuerzo tendente a garantizar a todos una vida digna. Estad seguros de que yo estoy cerca de cada uno de vosotros, de vuestras familias, de vuestros niños, de vuestros jóvenes, de vuestros ancianos y os llevo a todos en mi corazón ante Dios. ¡Que el Señor os bendiga a vosotros y vuestro futuro! (Traducción de María Fernanda Bernasconi – RV).

 

 

Carta para la Navidad 2011 desde el monasterio cisterciense de Buenafuente del Sistal                   


Domingo, 18 de diciembre de 2011


El último libro del Antiguo Testamento, escrito unos cincuenta años antes de Cristo, es el libro de la Sabiduría. En él se lee: “La Sabiduría es efluvio del poder divino, emanación purísima de la gloria del Omnipotente. Es reflejo de la luz eterna, espejo nítido de la actividad de Dios e imagen de su bondad”.

La Sabiduría es destello del rostro que ella contempla, y nos introduce en el conocimiento divino, porque a la vez que mira a Dios, ama a los hombres, su espíritu “es amigo del hombre”. “Entrando en las almas buenas de cada generación, va haciendo amigos de Dios y profetas”.
Al contemplar la descripción de la Sabiduría, descubrimos en ella la luz reflejada del rostro divino hacia el que está vuelta. Según el Evangelio de San Juan, el Verbo es quien mantiene esta relación de intimidad con el Padre, está metido en su seno, vuelto hacia Él. Nadie ha visto a Dios, sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.
Por el misterio de la Encarnación, se comprende que la Sabiduría no se ensimisma en la contemplación de la gloria divina, sino que testifica e irradia lo que contempla, engendra amistad con Dios, e impulsa a volverse hacia Él. A quien recibe a la Sabiduría, le da el conocimiento de la bondad divina y lo convierte en testigo y en profecía de lo que permanece. Interpretamos que la Sabiduría es el Verbo encarnado, la Palabra hecha carne, y el prólogo del cuarto evangelio asegura que “a quien la recibe se le da poder para ser hijo de Dios”.
El testimonio de la Sabiduría deja huella en el rostro de quien la busca; ella está sentada a la puerta de quien madruga por hallarla. El rostro de los que la contemplan se convierte en testimonio y suscita la sana emulación. La búsqueda del rostro de la Sabiduría no es extrovertida, el reino de Dios está dentro de nosotros mismos. Dentro de nosotros habita quien es imagen perfecta de la divinidad, y nos hace semejantes a Él.
A semejanza de la Sabiduría de Dios, que nos comunica, como en un espejo, el amor divino, los que  nos sentimos habitados por la Palabra, además de poder invocar a Dios de manera filial, deberemos ser reflejo de la presencia íntima. La Sabiduría penetra las entrañas, vigila el corazón, escucha el gemido. La Sabiduría nos envuelve, a la vez que nos habita. Ella nos abraza, nos sostiene, nos acompaña, nos espera, es llave para soportar el dolor, y para avanzar por la escala de la plenitud espiritual.
Quien acierta a contemplar la Sabiduría, es decir la Palabra hecha carne, el Hijo de Dios, nacido de María, y se deja conducir por ella, en poco tiempo alcanza la madurez, la mente iluminada, el corazón unificado, al saberse remecido de gracia. Cuando uno se siente amado, le es posible atravesar la prueba, como oro en el crisol, y así brilla como chispa por el cañaveral, como signo luminoso de la bondad divina, estrella que anuncia el nacimiento de Dios humanado.
Contemplando al Niño de Belén, manifestación de la gloria del Omnipotente, se comprende que el ser humano ha sido creado por la Sabiduría de Dios, a imagen suya, y que su impronta imborrable le acompañará siempre. Madruguemos como los pastores para contemplar a Aquel que nos revela el amor divino y nos invita a la amistad con Él.
Feliz Navidad, ¡que nos inunde la Sabiduría divina, el amor manifestado en Jesús!

 

 

Navidad 5
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Conservar los símbolos de la Navidad.

El Papa a la delegación de Ucrania donadora del abeto de la plaza de san Pedro

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Viernes, 16 dic (RV).- Benedicto XVI ha recibido esta mañana en audiencia a la delegación de Ucrania que ha donado este año al Papa el abeto de Navidad, que ha sido levantado y adornado, como cada año en el centro de la plaza de san Pedro, al lado del belén hasta el término de las fiestas navideñas. En sus palabras de agradecimiento, el Santo Padre ha saludado a la iglesia greco-católica y a la iglesia latina, a todos los files de Ucrania y a los hermanos de la Iglesia ortodoxa.

Significativo símbolo de la Navidad de Cristo, porque sus ramas siempre verdes recuerdan el perdurar de la vida. El abeto es asimismo signo de la religiosidad popular de vuestra tierra y de las raíces cristianas de vuestra cultura. Deseo que estas raíces puedan consolidar cada vez más vuestra unidad nacional, favoreciendo la promoción de valores auténticos y compartidos.

Benedicto XVI ha subrayado que Ucrania “encrucijada de culturas y punto de encuentro entre las riquezas espirituales de Oriente y Occidente” pueda continuar “su peculiar vocación de tenaz adhesión a los valores de la fe”.

En este tiempo de de Adviento, la Iglesia nos invita a prepararnos al Nacimiento del Salvador, intensificando el camino espiritual y la relación con Cristo. ¡Nuestra época tiene necesidad de cristianos santos, entusiastas de la propia fe! La Virgen María es modelo y guía para nosotros: para comprender la voluntad de Dios sobre la vida y el sentido de los eventos que se refieren a Hijo de Dios, Ella revela una singular mirada contemplativa: escucha, observa, custodia, medita, reza. ¡Cuánta necesidad hay de recuperar el gusto por la oración! Cuán atentos debemos estar para no dejarnos vencer por los ritmos agobiantes de la vida, que nos impiden meditar ante el misterio estupendo de Dios que habita en nuestro corazón.

El Papa ha subrayado que la “Navidad es fiesta cristiana y sus símbolos constituyen importantes referencias al gran misterio de la Encarnación”. “El abeto y el belén son elementos de aquel clima típico de la Navidad que “pertenece al patrimonio espiritual de nuestras comunidades”, un clima a la vez de religiosidad y de intimidad familiar, “que debemos conservar en la sociedad actual, donde a menudo prevalece el consumismo y la búsqueda de los bienes materiales”.

Navidad 9

 

La Navidad y sus Tradiciones: Los Villancicos
 Los villancicos nos recuerdan la alegría del nacimiento de Cristo  

La Navidad y sus Tradiciones: Los Villancicos
La Navidad y sus Tradiciones: Los Villancicos
Con el Nacimiento de Jesús se cumple la promesa de Dios al mundo de enviar a un Salvador. Jesucristo es Dios hecho hombre.

Un poco de historia

Las tradiciones y costumbres son una manera de hacer presente lo que ocurrió, y celebrarlo con alegría.

Una de las costumbres del Adviento y de la Navidad son los villancicos.

Los Villancicos

Se dice que el compositor de los primeros villancicos fue el Marqués de Santillana, que compuso una serie de canciones para celebrar con sus tres hijos el misterio de la Navidad.

Sin embargo, los primeros villancicos que se conocen fueron compuestos por los evangelizadores en el siglo V, con la finalidad de llevar la Buena Nueva a los aldeanos y campesinos que no sabían leer. Sus letras hablaban en lenguaje popular sobre el misterio de la encarnación y estaban inspirados en la liturgia de la Navidad. Se llamaba villanus al aldeano y con el tiempo, el nombre de estas canciones navideñas cambió a “villancicos”. Éstos hablan en un tono sensible e ingenioso de los sentimientos de la Virgen María y de los pastores ante el Nacimiento de Cristo.
En el siglo XIII, se extienden por todo el mundo junto con los nacimientos de San Francisco de Asís.

Los villancicos favorecen la participación en la liturgia de Adviento y de Navidad. Cantar villancicos es un modo de demostrar nuestra alegría y gratitud a Jesús y escucharlos durante el Adviento ayuda a la preparación del corazón para el acontecimiento de la Navidad.

Los villancicos nos recuerdan la alegría del nacimiento de Cristo.

En el caso de la Navidad, lo más importante de las tradiciones y costumbres no es sólo su aspecto exterior, sino su significado interior. Debemos vivir todas estas costumbres y tradiciones con mucha alegría, reflexionando en su significado y aprovechándolas para estar más cerca de Dios.